Westworld: teoría del plothole

Querido lector, antes de comenzar debe saber que existen dos motivos por los que no tiene sentido leer este texto si aún no ha visto la serie: el primero es que Westworld apuesta mucho por giros repentinos de la trama, sorpresas narrativas y se las puedo arruinar; el segundo es que no entenderá ni la mitad de lo que estoy hablando porque todo a lo que me referiré es a nivel de historia, guion, narrativa, como usted prefiera llamarle.

Este primer párrafo es una propuesta de pacto que yo acabo de hacer con usted. Le digo de qué va esta lectura y usted decide si seguir o no, y una vez finalizada puede juzgarme a partir de lo que haya expuesto. En el cine y la televisión ocurre lo mismo: en los primeros minutos de una cinta, o en el episodio piloto de una serie, se nos presentan una serie de elementos y el tono narrativo que tendrá la obra; no solo para abrirnos las puertas de este universo en el que nos estamos sumergiendo, sino también para familiarizarnos con las reglas del juego. Esto no significa que desde ese instante la película o serie quede maniatada y sin posibilidades de moverse en un espectro diferente al que nos presenta en un primer momento, incluso puede cambiar las reglas del universo, como hace una y otra vez Save the Green Planet, pero estos primeros minutos nos permiten saber, por ejemplo, que la saga de Sharknedo es un gran divertimento donde nada puede ser tomado en serio porque ellos son los primeros que toman como premisa un humor absurdo que roza la vergüenza ajena.

Regresemos a Westworld. El episodio piloto es magnífico. Puede que no lo entendamos en ese momento, pero todo lo que ocurrirá en un futuro se nos muestra desde un inicio. Son muchas ideas, pero todas presentadas con extrema sencillez. Ahí tenemos la posible toma de conciencia de una inteligencia artificial a través de ciertos cuestionamientos de Dolores, pero sobre todo con el conflicto que sufre su padre al ver una imagen ajena a su realidad. Luego está el carácter ambiguo de todo lo narrado, que se nos presenta desde la primera escena: mientras Dolores habla de los recién llegados, todo su discurso es acompañado por la llegada de Teddy, otro robot que en ese momento parece presentarse como un ser humano. También tenemos las ensoñaciones, una nueva actualización del software que les permite a los robots utilizar los recuerdos de vidas pasadas para parecer más humanos, aunque esto puede provocarles ciertos desequilibrios. Estas podrían definirse como las principales líneas que la serie utilizará en un futuro, pero los showrunners quisieron llevarlo más allá e intrigar un poco alrededor del parque temático.

Por un lado se cocina una conspiración contra Robert Ford (Anthony Hopkins), jefe de Westworld, sin estar muy claros de cuáles son los motivos. Por el otro, el personaje de Ed Harris (The Man in Black) busca una especie de misión secreta oculta dentro de esta recreación del viejo oeste, un lugar que conoce como la palma de su mano después de treinta años visitándolo.

Hasta ahí todo bien. El problema de la serie llega cuando descuida el desarrollo de estos ejes temáticos y apuesta (más) por el efectismo, la sorpresa, los giros inesperados, y no tanto por fortalecer estas historias que a la larga son la columna de toda la narración. De ahí que tenga dos grandes problemas. No logra cocinar a fuego lento, como pretende, toda la idea de la toma de conciencia de los robots, y cuando llegamos al punto culminante de la serie, sentimos que ese clímax tiene algo de forzado. Otra cuestión son los numerosos plotholes que padece Westworld, agujeros narrativos que no hay forma humana o robótica de explicar, desde pequeños detalles hasta acciones de los protagonistas que carecen de sentido.

Empecemos con Williams/The Man in Black (Jimmi Simpson en su versión joven), un hombre que llega a Westworld y su vida cambia. De ser una persona llena de bondad se convierte en un monstruo sin escrúpulos. Además, llegados al final, nos damos cuenta de que toda su línea narrativa carece de sentido, solo está ahí para que el espectador se pregunte qué es el laberinto. Esta historia está llena de preguntas sin respuestas, y no es que cada detalle deba ser explicado, pero hay un límite con eso de agregar elementos para enganchar al espectador. Este Williams llega al parque con su cuñado en una especie de despedida de soltero. Se casará con alguien que aparentemente ama (al menos esa es la excusa que le da a la prostituta Clementine para rechazarla), y no entiende cómo su cuñado disfruta la violencia. Sin embargo, así sin más, se enamora de Dolores, uno de los huéspedes, porque considera que ella es diferente. Así pasan ocho episodios sin que ocurra nada. Dolores lo guía en una búsqueda o intento de toma de conciencia y él la sigue, sin entender nada, solo porque la ama. Y luego, cuando la chica desaparece, se convierte en un monstruo, sin transición. No solo mata a cada uno de los robots que encuentra, sino que deja a su cuñado desnudo y amarrado, a su suerte. ¿Muere Logan y a nadie le preocupa abrir una investigación? ¿Se salva Logan y aún así, con su testimonio del desequilibrio de Williams, este hombre logra hacerse con la empresa del suegro?

Uno de los mayores plotholes de la serie. ¿Cómo llegó el mapa del laberinto al cuero cabelludo de Kissy?. Imagen: thisinsider.com

Luego está el el laberinto. Si el laberinto no está hecho para los visitantes, sino para los huéspedes ¿Por qué existe toda una línea argumental para encontrarlo? Si el laberinto es una metáfora de la toma de conciencia de los robots, ¿cuál es el sentido de mostrarnos a un personaje humano sumergido en la búsqueda de algo que ni siquiera es real? Toda esta historia, creada con el único objetivo de tener un villano poderoso (inmortal) y mantenernos en vilo sobre la incógnita del laberinto, se desmorona por completo llegado el décimo capítulo, al descubrir que el laberinto es un juego de niños, literalmente.

Con respecto a la conspiración para sacar a Robert Ford del parque, todo queda claro en el séptimo episodio. Uno de los miembros de la Junta Directiva le explica a Theresa que el único interés que existe en el parque es la propiedad intelectual. “35 años de información, información sin procesar, existen aquí. En ninguna otra parte. Ford siempre se ha asegurado de eso”. Perfecto, toda la lucha de poder por destituir a Ford queda explicada en ese momento. Cómo funcionan los robots, el software, por llamarle de alguna forma, está en Westworld y en más ninguna parte. Pero luego, con un brochazo absurdo derrumban toda esa trama al mostrarnos de soslayo otro parque temático, esta vez de samurais. Si Ford se ha asegurado de que esa información no salga en 35 años de Westworld ¿cómo funcionan los robots del otro parque? Si se refiere a otra información que no sea el funcionamiento de sus creaciones, ¿a qué se refieren entonces? ¿Era muy difícil explicarlo? Entiéndame, hay una diferencia grande entre una incógnita y un plothole, y esto del ¿SamuraiWorld? cae en el segundo grupo. Es lógico que existan una serie de interrogantes para la segunda temporada, como por ejemplo si Dolores fue programada para asesinar a Ford o si fue una toma de conciencia propia; o si Maeve fue programada para huir del parque y luego volver o si todas sus acciones fueron realmente suyas y esto provocó que en su código sus decisiones aparecieran registradas. Sin embargo, el regreso de Maeve se produce debido a la presencia de un niño en el tren que le recuerda a su hija. ¿No es eso un poco absurdo? ¿La presencia de niños en un parque donde los visitantes van a saciar su lujuria o instintos asesinos?

Y así podemos hacer una lista abultada de cuñas agregadas a la historia sin la más mínima explicación. El jefe de seguridad desaparece por horas desde el episodio nueve y a nadie parece preocuparle. Jamás explican cuáles son los motivos de Félix para ayudar a Maeve. ¿Está enamorado? ¿está loco? ¿Por qué Maeve puede controlar a Bernard? ¿Cuál es la jerarquía de administración que existe para controlar un robot? ¿Theresa muere en un supuesto accidente y nadie investiga la causa de la muerte? ¿Se cayó de un barranco y ya, más cuando ella estaba detrás de la cabeza de Ford?

A eso sumémosle todas las omisiones acerca de cómo funciona el parque para que la historia –a como dé lugar– sea una amalga de sucesos sobre los que somos incapaces de saber qué y cuándo pasó. Jamás explican cada cuánto tiempo se reinician las historias de los huéspedes; cuánto dura una visita; cuándo reinsertan a un huésped en el parque, una vez que muere. Todo el funcionamiento de Westworld es un misterio demasiado enrevesado para el espectador.

Lo más triste de todo es esa supuesta cocción a fuego lento del empoderamiento de la inteligencia artificial que no termina de cuajar. Porque al final, todos hemos asistido a los preparativos de Robert Ford para cumplir el sueño de su socio Arnold: darles libre albedrío a sus creaciones y permitirles aprender de la crueldad del mundo; darles la oportunidad de desarrollar una conciencia porque, después de 35 años, ha comprendido que su socio tenía razón. O sea, los robots no tomaron conciencia, sino que Ford, siguiendo las ideas de Arnold, les dio la oportunidad de ser libres.

Y si usted se pregunta por qué le exijo tanto a la serie, le recuerdo el tema del pacto entre espectador y producto. El episodio piloto es una obra de arte, lo sabe y presume de serlo. Deslumbra, nos invita a sentarnos a disfrutar una serie espectacular. Y si eso es lo que me vendes en el primer episodio, yo te lo voy a exigir a cada minuto. Pero Westworld no solo abandona la apuesta, sino que se dedica a impresionar con trucos al espectador. Sus sorpresas narrativas, sus múltiples líneas temporales, sin chances de saber qué está pasando y cuándo está pasando, es equivalente al susto que te propina la película de terror al mostrarte un primer plano del monstruo con una subida violenta de volumen. Funciona, pero te sientes decepcionado. Me asustaste pero, ¿para qué? Con Westworld ocurre lo mismo. Cuando todas las piezas están sobre la mesa, el truco pierde su encanto. ¿Y qué queda? Esperar a la segunda temporada, dejar a los espectadores enganchados, ávidos de más, de más preguntas sin respuestas. Da igual si al final terminan como Perdidos.