Un uso para el K-Pop

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Por: Carlos Ávila Villamar

Mal y rápido, podemos decir que el éxito de una historia cualquiera (una película, una serie, un cuento…) depende en gran medida de la identificación, ese proceso mediante el cual el público se siente en la piel de uno o varios personajes. Las historias más fáciles y elementales funcionan gracias a la identificación. Las películas románticas están protagonizadas por mujeres con los problemas y deseos de sus futuras espectadoras. Muchos superhéroes (Superman, Spiderman o el Capitán América) eran personajes tímidos o marginados antes de ponerse sus atuendos coloridos. La máscara le permite al geek tomar el sitio que le fue negado a lo largo de toda su vida. En buena parte, el éxito del superhéroe se nutre del afán de ser útil o reconocido de un sector considerable de la juventud norteamericana. Los videos musicales de rap o reguetón suelen representar la vida a la que aspiran muchos de los que escuchan rap o reggaetón: automóviles caros, mujeres de senos enormes y expresiones idiotas. Nos guste más o menos, esa es la máxima aspiración de millones de hombres alrededor del mundo, y lo que es peor, de mujeres.

La identificación no solo se oculta a sí misma (el que ve la película no suele percibir que está siendo atrapado, no sabe que la productora conoce sus deseos y frustraciones, que son los deseos y frustraciones de millones de personas…), también oculta la estructura, el armazón del relato. Nos involucra tanto en la historia que nos hace olvidar su condición de producto. Nos obliga a pasar por alto sus errores e incoherencias. Tal vez por eso a un hombre “de pelo en pecho” le parezca mala la película romántica que le recomienda su esposa. Probablemente no consiga identificarse con la mujer de cabello perfecto que cree en el destino, por lo que puede notar que el giro final es el mismo de todas las películas románticas, y que la música intenta hacer parecer verosímil una escena que por otro lado no tiene forma de serlo. En cambio ese mismo hombre no le puede hablar a la esposa de la última película de Bruce Willis, una trampa endulzada para cuarentones que necesitan algún modo de liberar adrenalina y sentir una competencia directa con otros de su mismo género.

Algunos artistas han sugerido que debe existir una marca en la ficción que la separe del público, que permita un disfrute distanciado de la novela, la obra de teatro o la película. Kubrick llegó a decir que prefería las actuaciones mediocres en su cine, para que el guión y la dirección resaltaran por sí mismos, sin intermediarios. Pero en realidad esto no es más que una exageración, un juego con la crítica y la prensa. Basta mirar veinte minutos de cualquiera de sus películas para darnos cuenta que Kubrick sabía muy bien cuál línea cruzar y cuál no.

Ha sido una introducción larga. Pero me restaba necesaria caer en el tema de la cultura asiática. Aquí vamos. El consumidor asiático ve películas, series y videos musicales en tanta abundancia como lo hace el occidental. Y prefiere aquello con lo que se identifique mejor. Así de simple. Tiene su propio ídolo adolescente, su propia comedia romántica. No necesita de los productos occidentales, aunque en buena medida los imite. Y ahí es donde tenemos una oportunidad maravillosa de entender nuestra cultura. Me explico.

Soy bastante ajeno a los productos televisivos japoneses, chinos o coreanos. Apenas tengo alguna noción de lo que es manga. Así que para mí es el doble de extraño ver un video de k-pop en el que un grupo de jóvenes coreanos (con un maquillaje excesivo) cantan en coreano una canción que por lo demás pudiera pertenecer a Justin Bieber. Un video de Justin Bieber puede parecerme trivial, innecesario o incluso divertido, pero nunca me generará una sensación de absurdo. No como los videos de k-pop. No logro identificarme en lo absoluto. El armazón del que hablaba anteriormente se me desnuda con violencia; puedo ver la forma pura, y ésta me parece el producto de una raza degenerada, cuanto en el fondo es muy parecida a la de aquello que consumo todos los días. Los trucos de la cámara o de la música electrónica (que paso por alto en otras circunstancias) se me hacen demasiado evidentes. Lo mismo me pasa al ver un melodrama coreano. Noto más que nunca los defectos de los melodramas.

Tampoco es un fenómeno exclusivo de la llamada baja cultura (si es que existe tal cosa, que lo dudo). Sospecho que el dramatismo de La lista de Schindler o La chica danesa quedaría anulado al instante si estas películas hubieran sido representadas por actores coreanos, que hablaran en coreano. Se me ocurre imaginar escenas famosas de Titanic con las mismas locaciones, con la misma fotografía, pero interpretadas por actores cuyos nombres no pudiéramos pronunciar. No hay magia posible; se rompe la ilusión dramática. Así de frágil es el arte y la cultura que juzgamos buena o mala con tanta seguridad.

La cultura queda en ridículo si se le ve de lejos, como si de algún modo nos revelara nuestra autocomplacencia, el absurdo de que un animal vea imágenes de sí mismo haciendo esto o aquello y preocupándose y riendo y llorando. Para un perro o –pongámonos más extremistas– una criatura de reproducción asexual como la esponja debe ser inconcebible un animal que produzca pornografía para su propio disfrute. Utilicemos la técnica de sustitución, como hicimos con el k-pop. Imaginemos una esponja que vea imágenes de esponjas partiéndose en dos y que sienta placer al verlas. Para aquel que no está acostumbrado, consumir películas japonesas o chinas o coreanas es un modo extraordinario de verse a sí mismo de lejos. La farsa de los otros nos revela la nuestra.

La asimilación de la cultura asiática por la occidental pronto nos privará de tan deliciosa experiencia. Seremos inmunes al absurdo. En nuestro país ya es común el consumo de producciones asiáticas. Nada más tenemos que ver cómo se venden posters de artistas coreanos en la Feria del Libro. Dentro de quince o treinta años me atrevo a decir que ya no serán tan molestas para nuestros oídos las variaciones tonales del japonés.