Todo tiempo pasado es mejor

Imagen: shutupandtakemyyen.com

Por: Alejandro Amaro Seguí

Desearía ser presidente de alguna de las tantas productoras de anime contemporáneo para poder decir –como Trump– «I will make the Anime great again», y cumplirlo –no como Trump– sin tener que robar las ideas o materiales de otros lugares. Quizás por una cuestión etaria, o simplemente por el agotamiento natural de una etapa inicial de deslumbramiento ante las grandes series que ostentó el anime, transité después por un período donde consumía contados títulos, la mayoría “viejos” clásicos aún no vistos. Sin embargo, la nostalgia por revivir aquellos momentos de gran devoción –y la reciente relativa facilidad con que se puede conseguir cualquier material audiovisual– me hizo tratar de volver a este universo.

Por supuesto, la fuente inmediata de adquisición fue El Paquete, donde puede seguirse “en tiempo real” la producción nipona, empero, la desilusión no tardó en aparecer. Los fans en aquel entonces –una buena porción de ellos– alababan sin encomios títulos como Fairy Tail y Tokyo Ghoul, por lo cual me dispuse a actualizarme con “lo mejor del momento”. Mientras avanzaba, no podía evitar preguntarme si las personas que las elogiaban habían visto alguna serie anterior, pues para mí no eran más que meros epígonos de grandes títulos a los que le debían todo, y temí por el presente y futuro del anime.

Suponer que todo tiempo pasado es mejor es una actitud natural pero la mayoría de las veces incorrecta; ya sea porque solo se recuerda con agrado lo mejor y se olvida lo malo, porque durante una edad más temprana todo se asimilaba con más facilidad e ingenuidad, o porque lo nuevo se analiza con un sentido más crítico y se compara siempre con lo anterior, criticar lo “actual” siempre conlleva un signo negativo. No obstante a eso, y siempre considerando que hay material de calidad en el anime tanto ahora como en las décadas pasadas, existen ciertos síntomas en los títulos más recientes, en especial los más populares –pues los malos siempre aparecen y con similar calidad– que denotan un agotamiento cualitativo notable, quizás más pronunciado por el incremento cuantitativo.

Estas señales de decadencia comenzaron a florecer mientras miraba la recomendada serie de Sui Ishida. Mi suposición era que nadie que hubiese seguido Bleach, por ejemplo, podría estar a gusto con Tokyo Ghoul, pues se reapropia del motivo que desencadena el inicio de la trama, del elemento argumental que gira entorno a un protagonista “especial” gracias a su condición de mitad shinigami (ghoul)-mitad humano y, en consecuencia, su poder de batalla crece exponencialmente al emerger esta “segunda personalidad” inhumana. Por si fuera poco, las peleas le deben mucho también a Elfen Lied y hasta a Naruto, como se puede constatar en el último episodio de la primera temporada, donde Ken parece lucir las 4 colas del Kyubi y usarlas como los vectores de Lucy.

Sin embargo, a los lectores del manga también les desagradó la serie, aunque sus motivos no se basaban en el “plagio” que yo denuncio –el cual resulta válido para los dos formatos–, sino en la censura que hizo de la adaptación televisiva “una basura”. Cabe preguntarse entonces ¿por qué es tan popular un anime que recicla tantos motivos y está plagado de tantos arquetipos?, y luego, ¿por qué al adaptar al anime una serie tan popular la hacen de manera que la odien sus seguidores originales?

En este punto, es necesario hacer una pequeña aclaración: soy consciente que desde los inicios del anime “moderno” –llamo así a aquellos serializados a partir de la década de los 90, con los cuales estoy más familiarizado, y a su vez gozaron de más distribución y atención dentro y fuera de Japón– la construcción de tramas y personajes ha tenido siempre un fuerte elemento arquetípico que varía entre los géneros y los grupos demográficos a los cuales está dirigido, pero “buenas series” siempre han sido aquellas que han resaltado por su innovación, pues, bajo el estigma de que “todo está escrito”, los grandes creadores siempre han encontrado la forma de aportar elementos originales, ya sea actualizándose según su contexto cultural, hibridando géneros, transgrediendo las normas o de muchas otras maneras. Un poco más atrás en el tiempo tenemos a Dragon Ball, que, aunque la historia de Goku sea como la de Superman, la forma en la cual Toriyama desarrolla la trama, mediante una cadena de villanos cada uno más poderoso que otro, obligando al héroe a superarse, se ha convertido en modelo para la mayoría de los largos animes shonen de aventuras y acción, como One Piece, Bleach, Naruto, Hunter x Hunter y D. Gray Man. A su vez, cada una de ellas, a pesar de compartir rasgos de progresión de la trama, de los villanos, y sobre todo en ciertos estereotipos de los protagonistas, tienen su sello distintivo, dibujo, y mundo propio.

El problema con Tokyo Ghoul es que propone muy poco contenido nuevo y aun así despega en popularidad. Este fenómeno puede tener su origen en el nuevo poderío de los otakus sobre la industria del anime y del manga. Este término, en la acepción japonesa de la palabra, designa aquellos entusiastas que, desconectados de la realidad, viven y respiran anime. Para Hayao Miyasaki, esto crea un círculo vicioso donde el manga se alimenta exclusivamente del manga y se estanca en su evolución. Si a esto le agregamos el auge de la piratería, el resultado es que la mayor parte de las ganancias de la industria provienen de los “verdaderos otakus” y para ellos producen, pues son los que consumen todo el merchandising asociado.

De esta manera, el listón cualitativo está tan bajo, que, como he comprobado navegando en diversos foros online, muchos de los que apoyan la calidad de Tokyo Ghoul la defienden comparándola con las coetáneas: “la gente la odia porque no hay trama, los personajes son pobres y estereotipados, pero por favor, miren toda las adaptaciones basura de romances escolares extraídos de novelas ligeras…”. Como Miyasaki, creo que si bien antes los animes tenían defectos también, al menos parecían contar historias humanas, en cambio, actualmente se deshumanizan cada vez más, tomando sus modelos de otros personajes anteriores y generando un círculo vicioso donde se caricaturizan cada vez más. En el anime actual no parece haber personajes sino fetiches, la mayoría están idealizados y sus acciones no tienen consecuencia, solo están para demostrar “lo perfecto y hermoso que son”. Los ejemplos de estos fenómenos abundan, por lo que solo mencionaré algunos recientes para ilustrar la idea: High School DxD, Bikini Warriors, Moster Musume, Koutetsujou no Kabaneri, Netoge, Flying Witch, Big Order, Kuromukuro, Shokugeki no Souma –copia al 80% de Yakitate!! Japan–, Toriko, aunque un poco más antigua, es una mezcla de esta última con Dragon Ball Z, Taboo Tattoo, Masou Gakuen HxH, Nanbaka, Okusama

Es cierto que en los últimos dos años han transmitido nuevas series bastante originales, como Shingeki no kyojin, Re:Zero, One Punch Man, Mob Psycho 100 y Drifters; que se han continuado, remasterizado, estrenado y retomado viejas sagas, pero la cruda verdad es que cerca del 60% de los estrenos es ecchi, harem, novelitas ligeras o animes shonen que giran alrededor de adolescentes con poderes. Por si fuera poco, en estas últimas las peleas muchas veces son solo pretextos para desnudar poco a poco a los personajes femeninos, que por demás se repiten con rasgos casi idénticos, como si la única forma de escribir un guión fuera empleando caracteres arquetípicos: la neko, la pelirroja de grandes bustos, la trigueña recatada, la lolita, etc… Luego, se censura la sangre y la violencia de Gantz o Berserk –visible en la adaptación televisiva, y también señalada en el hecho de que no se continúen a pesar de su éxito editorial– pero no los desnudos de lolitas. A esto, le agrego el importante dato de que muchas de estas series estrenadas son “originales”, o sea, de guion escrito por el estudio productor, desestimando de esta manera gran cantidad mangas de calidad que esperan por serialización, a los cuales el mercado no parece encontrarles lugar.

Mi opinión puede parecer parcializada al notarse mi preferencia por cierto tipo de anime que ya no se produce con la misma frecuencia ni calidad, pero tras una búsqueda online y conversaciones con varias amistades inclinadas hacia otros gustos y géneros, me convencí de que el problema es general. No se trata de querer que todas las “malas” series desaparezcan, pues el fan service –o sea, elementos utilizados con el único fin de complacer al espectador “otaku”– nos gusta a todos, sino de que exista un equilibrio como considero que había antes, cuando había un mejor balance entre las “buenas” y las “malas” series.

Fairy Tail es el segundo anime popular que considero como un buen ejemplo de la decadencia que menciono. Entre sus faltas, no está solo que le copie el estilo a Eiichiro Oda, y la personalidad de algunos de los personajes de One Piece para los suyos, sino en la manera en que está plagada de fan service ecchi. La estancada evolución de la personalidad de los caracteres, así como su simplicidad –demasiada incluso para un shonen– condujo a que, para no quedarse atrás en audiencia, pivoteara de ser una serie bastante infantil a utilizar sin reparos el erotismo barato para complacer al público otaku.

Sin embargo, Fairy Tail no es la excepción, tristemente un anime como One Piece –en mi opinión el mejor antes que “cayera en desgracia” por esta tendencia– ha sufrido un cambio similar. La negativa de los estudios a incluir “relleno”, el cual es molesto pero necesario en una serie que debe esperar al manga, ha convertido el anime en una telenovela donde no pasa nada en un capítulo y donde los senos de Nami y Robin crecen por día, listos para rebotar delante de nuestros ojos.

Ya sea que la causa y la culpa del fenómeno esté repartida entre la piratería moderna –casi todos en Occidente se descargan ilegalmente los capítulos–, el gusto “desviado” de los otakus japoneses o de la industria, lo cierto es que la originalidad es la nota discordante y la mediocridad es la media.

Otra tendencia contemporánea negativa es la kawaiisación general para todos los diseños. Si bien siempre existieron personajes muy similares a otros –muchas veces distinguibles para el observador casual solo por el color del pelo–, la mayoría de las series animes podían diferenciarse entre sí. En la actualidad, el dibujo de los protagonistas se reduce a un par de variantes arquetípicas –ya mencioné algunas femeninas anteriormente– para cada género sexual. En D. Gray-Man Hallow (2016), por ejemplo, respecto a la versión de 2006 los personajes masculinos han adquirido rasgos aún más andróginos, la atmósfera “gótica” de la primera entrega casi ha desaparecido, y los akumas han dejado de ser grotescos para convertirse en caricaturas. Y si bien la tecnología ha permitido una gran optimización del trabajo y una visualidad más nítida, parece como si la pereza, o la necesidad apremiante del mercado, provocara un resultado mucho más burdo que viejas entregas. Existen excepciones, por supuesto, sobre todo en las series harem de mayor popularidad –como High School DxD o High School of the Dead– donde el dibujo cobra el protagonismo que debería ser estándar.

Como he dicho, todos los grandes animes copian elementos de otros y tienen ciertas reglas generales “aprobadas” tanto por los autores como por el público y no molestan, sino que más bien le agregan un toque de intertextualidad divertida. El problema de hoy en día reside en que los elementos originales parecen estarse agotando, y la densidad de entregas de calidad queda opacada aún más por la proliferación incontrolada de series producidas en masa, bajo las mismas premisas y con los mismos fan services.

Muchos se muestran optimistas y aseguran que esto es solo una etapa destinada a terminar por el agotamiento natural de la nueva estética y pésima calidad argumental, como mismo existió un período donde las series de género mecha dominaban el mercado y otras donde las de pelea, fantasía y acción reinaron también; mientras que otros más pesimistas creen vivir el ocaso del anime. En lo personal, considero que, al menos en el anime, el tiempo pasado sí fue mejor, pero no creo que su fin esté cerca. Si bien la densidad de buenas entregas ha disminuido, los mangakas japoneses todavía sorprenderán al mundo con magníficas historias, solo que habrá que filtrar mayor cantidad de ellas para encontrarlas.