The Crown, manual de instrucciones

The Crown. Foto: Netflix.

Por: Lorena Sánchez

La escena es reveladora: un Winston Churchill de 73 años, encorvado, bastón en mano y sombrero al mejor estilo inglés, desciende de un auto en las afueras de la abadía de Westminster. Es 20 de noviembre de 1947. Es la Gran Bretaña de post guerra. Es la época pre –Beatles. Es la boda real. Churchill, el gran político y estadista inglés que inspiró la resistencia británica ante la amenaza nazi, llega al santuario gótico y espera unos segundos, permite que la multitud estalle en gritos, pregunta si es el último en aparecer y luego — solo luego — entra.

Dentro, los invitados se ponen de pie ante el paso de quien fuera el Primer Ministro, aunque más tarde, campaña electoral mediante, el Nobel de Literatura regresaría al número 10 de Downing Street. Pero no nos diluyamos: dentro la gente aplaude, resuenan las campanas y Churchill, mientras, camina pomposamente, creyéndose aun el “padre de la nación”. El momento no era suyo, pero Churchill se roba el show. La boda real entre la princesa Isabel y Felipe, duque de Edimburgo, pasa por ahora a un segundo plano.

Así, en menos de 20 minutos, lo que supone la primera aparición del líder británico en The Crown — la serie que luego de los Golden Globes pasó de ser una total desconocida a dominar el mainstream audiovisual — se convierte en uno de los highlights del drama biográfico que recrea el reinado de la Reina Isabel II (sí, la misma señora de 90 años que estamos acostumbrados a ver con sus flamantes sombreros de flores y lazos, la de los perros corgi) y la contemporaneidad de la monarquía inglesa.

Sobre The Crown se sabía poco, antes de que el pasado 8 de enero eclipsara a otras series como Game of Thrones, Stranger Things o Westworld. Se sabía que la serie pasaría a ser la nueva joya de la corona de la plataforma online Netflix, que los productores habían destinado alrededor de 156 millones de dólares para asegurar que cada detalle histórico, las locaciones y el vestuario fueran pensados con precisión británica. Se sabía además que el guionista inglés Peter Morgan reciclaba la historia de Isabel Windsor — recordemos a Morgan como el hombre detrás del filme The Queen, que centra su narración en la familia real poco después de la muerte de Diana, Princesa de Gales — y que a él se sumaba Stephen Daldry, conocido por ser el director de Las Horas y The Reader.

El antes y después de The Crown se puede contar brevemente: Peter Morgan otra vez se sacaba un as debajo de la manga y los medios de comunicación bautizaban a la producción como todo un “House of Cards envuelto en lazos de seda”. Aunque — ojo — no crean todo lo que leen en Google.

Si bien el show muestra el burocratismo de la monarquía y el gobierno británico (acérquense a esas escenas donde las conferencias telefónicas pasan por una larga lista de teleoperadores rozando el absurdo), las intrigas políticas y palaciegas, la manipulación y la pugna por el poder; lo cierto es que la historia necesitaría al menos de un sarcástico y despiadado Frank Underwood para subir tal vez al mismo podio de la creación de Beau Willimon.

The Crown se erige entonces como la heredera de una obra teatral que hizo zafra en Broadway. The Audience, cuyo dramaturgo no es otro que el mismísimo Peter Morgan y donde Dame Helen Mirren encarna nuevamente a la Reina Isabel II — la habíamos visto antes en The Queen — , es el libreto detrás de la producción británica. En The Audience el juego referencial son las reuniones semanales que la monarca sostiene con sus primeros ministros, una suerte de amuleto que Morgan retoma en su nueva propuesta como showrunner. Son las conversaciones entre Winston Churchill (John Lithgow) y la Reina (Claire Foy) donde se teje el resto de la trama de The Crown. También sucede así con el futuro del Reino Unido.

Pero, ¿qué tiene The Crown para que tú, milenial cubano, cuya única cercanía con la realeza británica es esa insularidad que comparten, destines parte de tu tiempo a adentrarte en los entresijos políticos de Londres?

Empecemos por lo básico: si no eres de los que gusta de las series históricas, mejor ni te asomes por acá. Durante casi una hora, cada capítulo te obligará a cuestionarte hasta qué punto lo que estás viendo fue real. ¿Verdaderamente la princesa Margarita (Vanessa Kirby) tuvo ese idílico romance con Peter Townsend (Ben Miles), el ayudante de cámara de Jorge VI (Jared Harris)? ¿La Reina Isabel tuvo los pantalones bien puestos para regañar a Churchill ante su intento de esconderle su apoplejía, enfermedad que le impide reunirse con Eisenhower?

The Crown. Foto: Julian Broad / Netflix.

Tras esas interrogantes puede que te sorprendas a ti mismo escarbando en Google — sí, otra vez San Google — , descubriendo cómo el vestido que usa Isabel II en su boda con Felipe de Edimburgo (Matt Smith) es una réplica exacta del que engalanó la ceremonia del 20 de noviembre de 1947. Un diseño de vestuario impecable para una serie que aspira a ser impecable. Y es que no podía ser de otra manera cuando la responsable del guardarropa en The Crown es la diseñadora Michele Clapton, ganadora de tres Emmys por sus cinco temporadas en Game of Thrones. De Poniente a los salones de Buckingham Palace.

Pero el show televisivo va más allá de estas frivolidades. La primera temporada se convierte en un retrato audiovisual de los inicios del reinado isabelino, desde 1947 hasta 1955, con pequeños flashbacks que remiten a la abdicación del Duque de Windsor y lo que ello supuso para su hermano el Duque de York, más tarde Jorge VI, y cuya historia podrás recordar de esa joya cinematográfica que es The King’s Speech.

Tienes que ver The Crown porque la transición de una naif Isabel Windsor a una monarca hecha y derecha bien lo vale, no en vano Claire Foy mereció el Golden Globes a mejor actriz de serie dramática. Foy sabe que Inglaterra siempre ha sido un país de reinas, es consciente que encarna a una de las monarcas más longevas del planeta y así lo asume. A través de ella asistimos ante la coronación de una mujer que ocupa su responsabilidad por decreto. Feminismo aparte, Isabel II tiene que dividirse: por un lado, la mujer, madre, hermana, esposa; y por el otro, mucho más arriba del podio, la Reina. La corona ante todo, le repiten.

Lo que creíamos que sería un cuento de hadas se desmorona entonces y muta en otra cosa, quizás una serie que ya se piensa en seis entregas y cuya estructura episódica hace que en cada apartado de la narrativa los protagonistas enfrenten un nuevo desafío. Una serie política donde veremos aparecer a otros personajes como Lady Di y Carlos de Inglaterra, quienes participaron de uno de los escándalos más grandes de la historia de la realeza, el archiconocido Dianagate.

Winston Churchill, interpretado por un excepcional John Lithgow. Foto: Julian Broad / Netflix.

Aunque si hablamos de actuaciones que coronan la apuesta del servicio estadounidense de vídeo en streaming, entonces John Lithgow se lleva todos los aplausos. Lithgow trae al presente a un Winston Churchill que solo conocíamos por los libros de historia. Copia gestos, movimientos e incluso rasgos físicos al Primer Ministro, y con su 1.93 de estatura encarna al inglés por antonomasia. Así, a lo bestia, protagoniza dos episodios: Act of God — el mejor de toda la temporada, sin dudas, inspirado en los acontecimientos de 1952 donde la gran niebla de Londres mató a 12 mil personas — y Assassins, donde Churchill enfrenta el cuadro de su caída y donde la relación entre él y un modernista Graham Sutherland trasciende el marco de lo político para insertarse en cuestiones estéticas y visuales del arte.

The Crown, no obstante, peca a veces de cierto romanticismo. Vean solo esa última audiencia entre Churchill e Isabel donde el anciano le comunica su renuncia al cargo de Primer Ministro y la besa en la frente. ¿Tierno, verdad? Aunque los showrunners te dan por un lado y te quitan por el otro: olvida el sentimentalismo que esperabas encontrar entre Isabel y Felipe, el hombre que tiene que caminar dos pasos por detrás de la Reina durante toda su vida. Una pareja para la cual, en plenos años 50, el divorcio no es una opción.

En la epidermis de The Crown está el deber y como todo drama político se sumerge en otros macro tópicos como el conservadurismo inglés, la Gran Bretaña ante el ocaso de su poderío, el simbolismo de la monarquía y sus soberanos como las marionetas que deben figurar y mostrar una nación fuerte ante un contexto como la guerra fría y la expansión del comunismo.

Por otra parte, la serie llega a nosotros en un escenario concreto: el Brexit y la aparente crisis de liderazgo en Reino Unido. Aunque en una producción que no solo va a lo factual, sino además a lo íntimo, el morbo aparece desde otro costado: ¿Quién es la garganta profunda de Peter Morgan? Por último ¿se imaginan a la Reina en Buckingham Palace, rodeada de sus perros corgi, conectándose con Netflix, viendo cómo su familia y la corona son expuestas ante el mundo? Hasta ahora ningún portavoz se ha pronunciado.