Los libros no dejarán de existir

Fotografía: goodereader.com

Por: Heriberto Machado Galiana.

El libro –ese objeto silencioso que a menudo nos acompaña antes de irnos a la cama, en un viaje de largas horas, o en los pasillos de una estantería oscura– posee un extenso historial de apego y salvaguarda, de personas consagradas a su perfeccionamiento útil y estético; aunque también ha habido otros que por ignorancia, temor o insidia se han opuesto a su subsistencia o progreso.

Hoy asistimos a un instante traumático en la historia de su evolución. El cambio del soporte físico –de la posibilidad de palpar un objeto único y difícilmente variable– al soporte electrónico –que se parapeta en una extraña inexistencia por el simple hecho de no ser tangible u olido– ha encontrado no pocos opositores. Un germen de conservaduría e incredulidad recorre a aquellos que tratan de mantener a contrapelo el viejo estilo de lectura. La mano en la solapa, el índice mojado para pasar la página, el olor del papel recién impreso o viejo y apergaminado.

Forjado en la vieja costumbre, con una biblioteca que rebasa los cuatro mil ejemplares, reconozco que fue incómodo adentrarme en la lectura digital. La Habana para un infante difunto, libro que, tras incesante búsqueda, no pude encontrar en formato impreso, me tomó de la mano. Más allá de goce sexual que existe en la lectura física, lo cierto es que las palabras encierran un misterio que va más allá del formato o el soporte en el que se las lea, ellas son independientes y no requieren de una vía única para involucrar, sugestionar, vencer.


En su ensayo Del culto de los libros, Jorge Luis Borges anota “que no fue hasta fines del siglo IV que se inició el proceso mental que culminaría con el predominio de la palabra escrita sobre la hablada”. Con anterioridad a esta dilatada fecha no pocos baluartes del pensamiento habían negado la escritura por considerarla un dislate, una malévola perversión. Sócrates jamás escribió por considerar que la escritura podría hacer que los hombres olvidaran el tranquilo ejercicio de la conversación y la memoria. Por su parte, Platón señalaba en Fedro que los libros eran como las figuras pintadas, “que parecen vivas, pero no contestan una palabra a las preguntas que se les hacen”. Para ellos el conocimiento debía ser minuciosamente preservado y no debía ponerse en manos de cualquiera. “El maestro elige al discípulo, pero el libro no elige a sus lectores, que pueden ser malvados o estúpidos”. El miedo que primaba en los albores de la escritura deja entrever el celo bajo el cual se preservaba el conocimiento en el período escolástico. En el siglo II, Clemente de Alejandría, en su obra Stromata (o Misceláneas), anunciaba que “escribir en un libro todas las cosas es dejar una espada en manos de un niño”.


El desarrollo de la escritura es un parteaguas en la Historia Universal, al punto de servir como pretexto para hablar de una Prehistoria y una Historia. Como se anunció anteriormente, su arraigo fue lento. Desde los primeros indicios de su práctica hasta su uso común transcurrieron más de tres mil años. El libro entonces era un objeto habitual en los monasterios; fuera de ellos, un cuerpo anacrónico. Mil años más fueron necesarios para que el alemán Johannes Gutenberg revolucionara su existencia con un raro invento. Era, aproximadamente, el año 1440 y había surgido la imprenta moderna. Anterior a ella los libros eran confeccionados, de forma manuscrita, por monjes y frailes exclusivamente dedicados al rezo y a la transcripción de ejemplares. Eran los llamados monjes copistas. Algunos siquiera sabían leer: solo reproducían los símbolos que observaban, por lo cual eran idóneos para copiar libros prohibidos que hablasen de medicina interna o sexo. La invención de la imprenta de tipos móviles causó una revolución tan grande como la que planteó la escritura con su surgimiento. Pronto la imprenta se difundió en toda Europa. Si antes un copista podía tardar hasta diez años en transcribir una Biblia, ahora se podían tener 150 ejemplares en unos pocos meses. Como la Biblia estaba escrita en latín, muchas personas solo sabían de su contenido a través de la enseñanza escolástica. La iglesia se reservaba el control sobre la interpretación de los textos sagrados. Una de las primeras consecuencias del invento de la imprenta fue que comenzaran a realizarse numerosas traducciones de la Biblia. Por primera vez esta podía ser estudiada sin la intervención de los clérigos, y la gente que lo hacía desarrolló una opinión crítica de la religión. Esto provocó que la Iglesia Católica se convirtiera en el principal enemigo de la imprenta.


Diario del Nautilus es un libro que recoge los artículos publicados por Antonio Muñoz Molina en el diario Ideal de Granada entre septiembre de 1983 y junio de 1984. En uno de ellos, titulado Los libros y la noche, se puede leer lo que sigue:

El libro no va a existir siempre. En otro tiempo conspiraron contra él la desidia de los que nunca accedían al placer de entreabrir sus páginas y la barbarie que arrasaba las bibliotecas y encendía piras de volúmenes condenados en las plazas de las ciudades, pero ahora sus definitivos enemigos son las tecnologías del video, que ya empieza a suplantar a los cuadernos y a los libros en las escuelas, y los ordenadores que resumen el Universo y toda su memoria en circuitos del tamaño de un Aleph y tan indescifrables como la forma de un cristal de hielo.

Leer semejante condena, dictada en una fecha en la que aún me hallaba neonato, me hizo replantear muchas de las ideas que me ha suscitado el debate sobre la supuesta desaparición del libro impreso. Ya Julio Cortázar había anunciado, irónicamente, en su Historia de cronopios y de famas, publicado en 1962, la posibilidad de que los libros sean algún día culpables de la destrucción del planeta –o del Fin del mundo del fin, como se titula el microtexto–, puesto que los escribas no dejarán de escribir y los volúmenes ocuparán las tierras y absorberán los océanos. Y mucho antes, en 1949, Ángela Ruíz Robles, había patentado la enciclopedia mecánica, precursora del libro electrónico, único antídoto para el trauma señalado por el argentino nacido en Bruselas y fallecido el París.

Si bien el texto impreso perdura por muchos años y la información que posee está mejor controlada, y además podemos usarlo sin disponer de una fuente de energía eléctrica, las ventajas que ofrece el libro electrónico son idóneas para la vida acelerada que hoy impera en las sociedades altamente desarrolladas.

La vida humana deriva hacia la velocidad y la poca disposición de tiempo. Una modesta biblioteca de dos mil ejemplares requiere un cuidado y atención delicada, y además ocupa un espacio considerable. Mientras que veinte mil volúmenes pueden caber en un gigabyte. Podemos acceder a ellos más rápido. Su información podrá ser modificada, copiada y pegada con facilidad. No ocuparán gran espacio. No requerirán de extrema organización. Y lo mejor: no almacenarán polvo.

No obstante existe, y es natural, un profundo apego al libro impreso. La nostalgia es uno de sus mejores aliados. Al decir del mencionado Muñoz Molina –quien mucho podría aportarle al debate, tras treinta años de desarrollo voraz en las tecnologías– “la escritura no solo guarda las palabras o las sepulta, también incita a breves placeres que únicamente a ella pertenecen y que se perderán sin remedio cuando el papel y los libros sean abolidos”. ¿Pero qué ocurrirá cuando las generaciones imperantes sean las que no se formaron en el contacto directo con los libros, cuando la nostalgia remita a una desusada laptop o a un relegado e-reader?


El libro, tal y como lo conocemos hoy, no es para siempre. Como mismo el hombre dejó de usar la roca o el pergamino para fijar y transmitir palabras, el papel, más temprano que tarde caerá en desuso. Los libros no dejarán de existir. Solo cambiará su forma y el formato empleado. La existencia del libro electrónico no es más que la evolución natural de una necesidad primaria del hombre: preservar y transmitir la cultura.

La grabación y conservación del sonido, en su corta existencia, ha experimentado un andar mucho más traumático en comparación con el de la palabra. ¿Cómo hubiese reaccionado un melómano a mediados del siglo XX si alguien le hubiese insinuado que esos discos de acetato que tanto ha organizado y cuidado, darían paso a los casetes de cinta y estos a su vez a los discos compactos y a las memorias flash? Cada uno de estos soportes tiene pros y contras. Se impone la facilidad de consulta y la durabilidad.

Al igual que algunos soportes son hoy objetos museables, el libro de papel también lo será. No creo que las impresiones mermen a una velocidad desmedida; pero sí lentamente se irán imponiendo las nuevas tecnologías con su haz de probabilidades de intercambio y multifuncionalidad. Como mismo el surgimiento de la escritura y la invención de la imprenta moderna tuvieron una oposición férrea antes de establecerse y convertirse en prácticas habituales, en mecanismos útiles para el desarrollo intelectual del hombre, el libro electrónico tiene disímiles obstáculos entre aquellos que no logran desprenderse de una forma cerrada y un hábito enmarcado de lectura.

El peruano Mario Vargas Llosa es hoy uno de los enemigos acérrimos del e-book y otras tecnologías de pantalla, pues considera que la frivolidad y la banalidad pueden llegar a través de estas y empobrecer el espíritu crítico de los lectores. Lo cierto es que la frivolidad y la banalidad han existido siempre, incluso antes de existir el objeto que hoy conocemos como libro. A la opinión del encomiable Vargas Llosa le contrapongo unos versos del trovador uruguayo Jorge Drexler: “La máquina la hace el hombre /y es lo que el hombre hace con ella”. Lo importante es que se lea, y que se lea bueno, da igual el soporte o la forma elegida.

Se hace necesario que ambas opciones –el libro físico y el digital– coexistan mientras sean capaces de satisfacer las necesidades de los lectores actuales. Sus prácticas e intereses definirán la superposición de un formato por encima del otro. Si sucede como lo preveo –aunque estoy casi seguro que no lo veré–, el libro electrónico llegará a entronizarse para convertir al libro de papel en un lejano recuerdo.

Quedará siempre el afán del coleccionista, el empecinado en satisfacer sus lujos con viejas usanzas, y disfrutará leyendo una versión impresa de La Habana para un infante difunto, comprada en la tienda de algún anticuario. Mientras, el común de los mortales lo adquiere en Internet –si para ese entonces existe Internet–, y desanda La Habana de la mano de Caín, rompiendo la lectura lineal, interactuando una y otra vez con las decenas de hipervínculos que brinda el texto, observando imágenes y diapositivas de la Cuba de los 50, leyendo sobre Hemingway y El Floridita, escuchando rumba de cajón, el claxon de los almendrones, el griterío de los buhoneros.