Los cubanos y el Llamado del Deber: muy lentos para vivir en el Oeste

Ilustración: Kalia León/Cachivache Media

Por: Félix Manuel González Pérez

Es sábado 22 de julio de 2017. El Palacio Central de Computación en la Habana Vieja, headquarter de los Joven Club, acoge desde hace dos días el primer gran torneo de Call of Duty, organizado por la Agrupación de Deportes Electrónicos de Cuba (ADEC).

En la calle hay un sol despiadado que se incrusta violentamente en la piel y los ojos. Montones de personas caminan en todas direcciones huyendo del calor, como si escapar fuera una opción. Comparado con la convulsión del Parque de la Fraternidad, el Palacio Central de Computación es tranquilo como un refugio. Dentro todo es calma y sosiego. Afuera hay un exceso de realidad.

En la puerta del local una hilera de gente espera para entrar. La mayoría son niños que seguro vienen a videojugar porque no tienen computadora en casa. Desde que cambió el estilo de gestión de los Joven Club se puede jugar en las computadoras a cualquier hora, cualquier videojuego. Ahora el usuario paga por el tiempo frente a la máquina y en ese tiempo es libre de hacer lo que quiera.

La entrada está custodiada por dos guardias de seguridad, un hombre y una mujer que hablan sobre cualquier tema particularmente irrelevante y se abanican desde la comodidad de sus sillas mientras los demás esperan afuera de pie.

Todas las computadoras del Palacio están ocupadas. Cuatro o cinco personas navegan en la red nacional. El resto son adolescentes que se vislumbran jugando World of Warcraft o uno que otro shooter.

Los monitores de las máquinas del salón principal son increíblemente grandes. Al menos de treinta y dos pulgadas cada uno. Quizás por eso este lugar se llama “Palacio” y los pequeños locales en los municipios se nombran “salas de computación”.

El recinto parece demasiado quieto como para que se esté celebrando un torneo de deportes electrónicos. No hay mucho movimiento, la iluminación es tenue, el silencio atormenta y cada persona está derramada sobre su monitor de treinta y dos pulgadas, sin prestar demasiada atención a lo que pasa a su alrededor.

Al final del pasillo hay un grupo de cinco jóvenes que encienden e intercambian cigarrillos, justo debajo de un cartel de “No fumar” que está pegado a una pequeña fila de teléfonos públicos.

Un muchacho rubio sube llorando las escaleras que conducen al baño. Tiene toda la cara roja y le salen fluidos por la nariz. Parece un llanto de muerte. Un amigo lo toma del hombro y lo acompaña. Quizás lo consuela. Hay otro que le ordena desde el fondo que recupere la compostura. “Acuérdate que tú eres un hombre, y los hombres no lloran” –vocifera–.

Otro grupo sale riendo. Se saludan y se abrazan como si acabaran de tener un hijo. Para que unos disfruten pareciera que otros irremediablemente tienen que sufrir, como si las emociones humanas asomaran siempre en pares radicalmente opuestos: amor-odio, alegría-tristeza, triunfo-derrota, gloria-frustración.

Acto seguido empiezan a brotar jóvenes de un pequeño pasillo que está al final del local. En unos pocos segundos se forma un hormiguero humano. A unos los comparan con animales y dioses. Los otros, cuando menos, son heces fecales. Bienvenidos al torneo.

Los jugadores están todos juntos en una habitación a la izquierda del pasillo. En el otro extremo hay una recámara oscura, con un proyector y un usuario que hace las funciones de observador y narrador. Parece ser un tipo con carisma que conoce a los jugadores y a la comunidad, porque los espectadores a cada rato ríen con complicidad. En la sala hay aproximadamente 100 personas, las suficientes para llenar el local que pone en la puerta “Salón de Reuniones”.

Dos niños de no más de diez años preguntan en la entrada por el torneo. Un mulato grande y robusto, con camiseta de Michael Jordan y cara de sicario, les corrobora que han llegado al lugar indicado. Los niños se apresuran a entrar y el portero los detiene poniéndoles la mano en el pecho. “Son diez pesos”, les indica. Los menores sacan el dinero del bolsillo y él lo guarda en su billetera con destreza de garrotero.

Al frente del torneo, como organizadores principales de la ADEC, están José Javier Mena y Javier Vidal Hernández (ToXavier), uno de los jugadores más prestigiosos de Starcraft en Cuba. La comunidad de Call of Duty de la Habana acaba de ingresar en la ADEC y se encuentran en un período de transición en el que deben adaptarse a las normas y los requisitos de la organización.

Aun cuando en los eventos internacionales el Counter Strike de la Valve es el videojuego de disparos preferido para los torneos de deportes electrónicos, en Cuba se decidió usar el Call of Duty Modern Warfare 3 para el evento, por la fuerza que posee su comunidad de aficionados y la organización y disciplina que ha alcanzado en los últimos años.

Al torneo clasificaron doce equipos de La Habana que cuentan con mucha experiencia de juego en comunidades de redes inalámbricas como Snet y otras redes locales (LAN). Hay un equipo en que todos sus integrantes son mujeres. Y en otros dos conjuntos, tres de los cinco jugadores son muchachas también. Por momentos en la sala de competencias hay más mujeres que hombres. Eso no sucede con frecuencia. Pudiéramos decir que solo con este videojuego se puede obtener tal resultado.

Los doce conjuntos se enfrentan en tres modalidades diferentes: Capturar la bandera, Dominio y Duelo a Muerte por equipos. En caso de empate se decide en la modalidad de Dominio. Cada partida dura aproximadamente diez minutos, pero un duelo completo entre dos equipos puede tardar hasta una hora en completarse por las carencias en la infraestructura.

Las computadoras para el torneo salieron una vez más de la comunidad. Las máquinas de los Joven Club no eran lo suficientemente potentes como para desarrollar la competición. Como el torneo duraba tres días, los dueños de las PC tenían que entender que el lugar donde iban a dejar sus computadoras personales era lo suficientemente seguro como para que sus posesiones más valiosas sobrevivieran la noche. “Eso lleva un proceso de convencer a la gente, y para convencer a la gente debe convencerse uno mismo de que no se van a perder”, explica Javier Mena. En las mesas hay computadoras que fácilmente costarían 2000 CUC en Revolico.

La ADEC, que hasta el momento se define como una organización sin ánimo de lucros, y que pretende seguir siéndolo, cada vez que hace un torneo debe pagar no solo por el alquiler del local, sino también por todos los costos de producción. Y encima de todo ese dinero, la ADEC debe disponer del personal necesario para el montaje y supervisión de los equipos, “porque los trabajadores de los Joven Club no cobran por hacer eso”. De los diez pesos que están facturando por la entrada, la mitad va para el local huésped y la otra mitad para la agrupación.

La ADEC sigue teniendo dos carencias gigantescas: la ausencia de una ley de asociaciones en Cuba que permita la legitimación de la organización y por consiguiente la entrada masiva de personas a la misma, y la imposibilidad de solicitar/comprar/rentar un espacio oficial para hospedar sus actividades.

Sin personalidad jurídica, las empresas que normalmente respaldan el desarrollo de los deportes electrónicos a escala global, como es el caso de Red Bull, cierran las puertas a cualquier intento de colaboración.

Y si bien la ADEC ha ganado terreno en los espacios virtuales, contando en la actualidad con un dominio propio, páginas en redes sociales, correo electrónico y una presencia significativa en la red nacional, la ausencia de un espacio físico sigue paliando el crecimiento y desarrollo de la agrupación que pretende continuar trabajando incluso a contracorriente.

“En agosto queremos desarrollar la segunda edición del festival que hicimos en el Acapulco el año pasado, con videojuegos como Battlefield, Starcraft, World of Warcraft, entre otros. Y a finales de año, en diciembre, queremos hacer algo bien grande”, comenta ToXavier.

La ADEC sigue apostando por las alianzas con varios locales. Con Joven Club han desarrollado ya un torneo de Starcraft y este de Call of Duty. En el Hola Ola en el Vedado capitalino organizaron también uno donde utilizaron las computadoras y el resto de la infraestructura del local. Y el cine Acapulco, al parecer, seguirá siendo un espacio amigable para los deportes electrónicos en La Habana.

Mientras, al otro lado del planeta, China incluyó cuatro videojuegos en sus Olimpiadas Nacionales: Starcraft II por los RTS, FIFA por los simuladores de deporte, DotA por los MOBA y Heartstone en representación de los juegos de tablero. La presión que continuará recibiendo el Comité Olímpico Internacional conducirá a que, en el futuro cercano, la organización tenga que pronunciarse sobre la inclusión de los deportes electrónicos en el medallero olímpico. Así las cosas, en esta Isla del Caribe, estamos muy lentos para vivir en el Oeste.