Ir al Zapya

Las opciones offline que ofrece Zapya son uno de los grandes incentivos para su popularidad entre los usuarios en Cuba. (Fernando Medina/Cachivache Media)

Por: Rachel D. Rojas

Parecía cosa de novela, pero con sus 14 años sería más adecuado hablar de serie manga. Se llama Maylén y conoció a su “jevito” en el concierto de Major Lazer en la Tribuna de La Habana. Mientras miles de personas, en su mayoría jóvenes y adolescentes, coreaban y se movían al ritmo del famoso Dj, otros cientos exploraban los alrededores a través de Zapya, una de las aplicaciones con más popularidad en Cuba.

“Ahí te encuentras de todo. Desde cualquier tipo de rarito hasta los que tienen intereses parecidos a los de una”, dice ella, refiriéndose al chat colectivo al que se puede acceder desde la aplicación (app) sin necesidad de conectarse a internet. Pero, ¿qué buscabas? “Nada en especial, chismear a ver quiénes estaban conectados. Una sabe que la gente del chat tiene que estar cerca, no es como hablar con alguien en la otra esquina del mundo. Y en la escuela ya conoces a todos más o menos, en el concierto no”, explica su curiosidad.

Se tantean, se provocan. Esa tarde un tal “gamer pro” escribió, a quien pudiera interesar: “busco con quien compartir refresco de kola en la puerta grande de la gasolinera”. Y ella fue. “Mija, ¿tú estás loca?”, le decía una amiga. Así “se enredaron”. Él tiene 16 años y vive a tres municipios de distancia, pero fue visitarla a Playa todos los fines de semana. Qué lindo. Ingenuo, rápido y atrevido como suelen ser los adolescentes (ojo: está estudiado), pero lindo.

Ahora, este puede ser de los mejores casos. El resto de las historias que cuenta Maylén espantan un poco.

Nuestro espejo

Hace algunos años, en el reinado del Bluetooth, los dueños de celulares también exploraban a los que les rodeaban. Los nombres de algunos teléfonos, como “suavipuchi”, podían ser el descubrimiento más revelador de la incursión. El componente imaginativo no es lo nuevo. Algún que otro atrevido podía intentar enviar cualquier tipo de archivo, pero siempre se podía rechazar el envío.

Ahora unirse o crear un grupo implica otros niveles de exposición. En el caso de Zapya, como mínimo, implica que cualquiera puede beneficiarse, con o sin autorización, de aplicaciones y actualizaciones disponibles en otros dispositivos, no solamente smartphones. Eso de por sí ya es un mundo infinito de herramientas.

“Pero cuando descubrí el chat fue la bomba”, exclama Maylén. Fue cuando comenzó a usar Zapya todos los días, fundamentalmente en la escuela. A ella ya no la regañan en clases por hablar con la que se sienta a su lado, ahora lo hacen por chatear o jugar en grupo.

“Todo el mundo se pasa las respuestas de las pruebas por ahí. Una vez hasta el profesor de Matemática entró en el grupo, y se echó todo el pase”. ¿Y qué pasó? “Nada, otras veces se ha puesto a jugar con los varones. Nosotros le hemos enseñado algunas cosas. Pero cuando hay visita nos pide que no saquemos los teléfonos”.

¿Eso es así, a la cara?

“No, no hay que exagerar. Hay que tener el teléfono debajo de la mesa o detrás de un libro, y se pone en silencio para que no se escuchen los ruiditos del chat”.

También se puede hablar con usuarios específicos. “Ahí es cuando le gente se hecha pila, se pone calentica la cosa. Una al principio no sabe bien quién es, porque eso llega hasta el aula de al lado, o la de arriba, y la gente casi nunca pone sus nombres de verdad. Aunque hay quien no sabe que para los chat privados tienes que crearte una cuenta, y entonces sí todo el mundo se entera”. Tremendo chucho.

A veces, bastante seguido de hecho, la cosa puede pasarse de simpática. “También es fula, porque te pueden hacer maldades y pasas pena. A una de octavo que se había manchado la saya de sangre la filmaron en el baño y después regaron el video. Eso ya no me gusta”. ¿Le dijiste? “No hija no, si yo ni la conozco”.

Los adolescentes pueden ser crueles, eso también está estudiado, mucho más amparados en el anonimato que la aplicación permite. La propia circunstancia de la adolescencia y la juventud (mayoritariamente estudiantes, sin la independencia económica que permitiría costearse otro tipo de conexión y con una necesidad abrumadora de socialización) convierte a este sector poblacional en uno de los principales destinatarios de los usos y disgustos de Zapya: beneficiarios y benefactores, víctimas y victimarios.

Zapya propicia el descubrimiento, intercambio y acceso a ciertos tipos de información. (Fernando Medina/Cachivache Media)

El hecho de que la aplicación tenga tantas opciones offline es uno de los grandes incentivos para su popularidad entre los usuarios en Cuba, cuya conectividad no es tan amplia como se desea, pero en donde las redes informales para acceder a la información no son para nada despreciables. También en otros países, a causa de las crecientes tarifas de internet y en muchos casos la lentitud del servicio, Zapya ofrece una alternativa a los usuarios de smartphones. En el uso de la aplicación, según afirman los desarrolladores de la empresa china Dew Mobile Inc., se destacan países como Alemania e Inglaterra.

Los números en frío quizás no explican a la empresa y sus programadores el contexto socioeconómico y cultural en medio del cual Zapya sigue ganando usuarios en Cuba. Es un universo en el que jóvenes y adolescentes se han involucrado a su cuenta y riesgo.

Entre ellos se habla mucho de Zapya, la aplicación que propicia tanto el descubrimiento, intercambio y acceso a ciertos tipos de información, como el erotismo, el sexo ocasional, el debate, la burla, el acoso, el fraude… Actitudes que ya existían, por supuesto, pero que en las nuevas plataformas se denominan de otra manera: el prenombre ciber, bullying, foros, sharing, update. Y todo eso sin internet.

“Casi no necesito conectarme a la wifi, porque con que alguien más lo haga ya puedes actualizar aplicaciones en tu teléfono”. Maylén, por ejemplo, no sabe de Facebook o Twitter, y por el momento, según afirma, no le interesa. Como en un juego de roles, hay quienes tienen más para ofrecer. Están los que generalmente crean el grupo, y los que generalmente escogen a cuál unirse. Los que se unen, es lo malo, pueden ser expulsados por el que abrió la puerta.

Maylén no suele ser “proveedora” de aplicaciones. Ella es más bien la “divertida”. Toma lo que le interesa y sus fotos de la playa o de la fiesta las comparte con los compañeros en su escuela, nunca en lugares en los que entra como “observadora participante”. Además, dice, no dañan a nadie. Aunque, claro, eso en una secundaria nunca se sabe.

Ir al Zapya, expresión que he escuchado más de una vez, no es solamente ir a la esquina o al parque como muchos padres creen. Es, además, la posibilidad de entrar en muchos otros mundos, y hacerlo casi siempre sin óptimas nociones de seguridad.

“No me he encontrado nunca un grupo con contraseña”, explica Maylén, aunque sabe que la aplicación lo permite. ¿Por qué no usas esa opción? “¿Para qué? Si yo lo que quiero es que entren, o que me dejen entrar. Malo que alguien quiera joder y tenga cosas personales tuyas”. Zapya funciona como un medio para difundirlas, cierto, pero de otro celular solo se pueden copiar aplicaciones y actualizaciones. Son los propios usuarios los que deciden qué contenido hacer público, o no.

¿Cuál ha sido la peor experiencia que has tenido usando Zapya? “Cuando vi a mi supuesta amiga en la salsa con el que era mi jevito”. Antes de “gamer pro”, Daniel era su novio en la secundaria. “No todos conocían bien su nombre en Zapya, pero yo sí sabía que era ella, y que él le estaba respondiendo”. Qué mal momento, Mayle, ¿qué hiciste? “Los mandé bien lejos”. ¿A los dos? “A los dos. Si lo hacían en Zapya, quiere decir que lo hacían igual de cualquier modo”.

¿Qué cosa es esta aplicación después de todo? ¿Un modo de socialización? ¿Un escenario político? ¿Una zona abierta al erotismo? ¿Una herramienta de fraude? ¿Un mecanismo de intercambio? ¿Un espacio de confluencia? ¿Todo eso junto? Como toda tecnología, Zapya no es intrínsecamente negativa o positiva. Es un reflejo de quienes la utilizan, y ahí está, dado el caso, lo verdaderamente prometedor o espantoso. En ese punto Maylén, con sus 14 años, tiene toda la razón.

Zapya sigue ganando usuarios en Cuba. (Fernando Medina/Cachivache Media)