Henri Cartier-Bresson en Cuba

Por Erian Peña Pupo

La Habana, 1934. Henri Cartier-Bresson (1908–2004) arriba al muelle habanero y el calor tropical lo obliga a comprarse un jipijapa. A esta hora –piensa– en algún restaurante del Montparnasse lluvioso y surrealista, Joséphine Baker canta silvestremente J’ai deux amours al ritmo acompasado del charlestón. En un bar cerca del puerto, una victrola esparce el contagioso son Échale salsita de Ignacio Piñeiro y el Septeto Nacional, y por un momento, Cartier-Bresson cree reconocer en la canción que escucha por primera vez, compases rítmicos similares a los que en París y New York canta como nadie Joséphine Baker.

El joven Cartier-Bresson llegó a La Habana de paso hacia México, donde se había inscrito como fotógrafo en una fallida expedición para trazar una carretera panamericana. Ese mismo año realizó, en las salas del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, junto a Manuel Álvarez Bravo, una de sus primeras exposiciones, con notable influencia surrealista. Todavía no era el archiconocido artista del lente –llamado “el ojo del siglo” por Pierre Assouline en su biografía de 1999, titulada precisamente Cartier-Bresson: l’œil du siècle– que pudo retratar a figuras mundiales como Pablo Picasso, Henri Matisse, Marie Curie, Marilyn Monroe, Édith Piaf, William Faulkner, Fidel Castro, Ernesto Che Guevara y Mahatma Gandhi, pocas horas antes de ser asesinado el líder hindú. Y además, cubrir importantes acontecimientos internacionales, donde supo apresar lo que él llamaba “el instante decisivo”, como la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, la liberación de Francia de la ocupación alemana, la entrada triunfal de Mao Zedong a Pekín, la construcción del muro de Berlín, el apogeo del existencialismo sartreano, los últimos días de Henri Matisse, y el mayo francés de 1968.

Atrás había dejado los círculos surrealistas, las clases de pintura con André Lhote en 1927 y una expedición a Costa de Marfil, donde realizaría sus primeras instantáneas con una Krauss de segunda mano, publicadas en la revista Vu en 1932. Ese mismo año, la Galería Julien Levy, de Nueva York, exhibió su primera exposición. No imaginaba ni remotamente que sería el primer periodista occidental en visitar la Unión Soviética tras la muerte de Iósif Stalin en 1953. A Cuba llegó con su Leica de fabricación alemana al cuello, comprada en Marsella en 1930 y asociada posteriormente a su persona y quehacer fotográfico. Su aspecto reservado y austero –cuenta el escritor Lisandro Otero– era descrito como el de un maestro escandinavo camino de un servicio dominical protestante.

Eran años de agitación en Cuba. En agosto de 1933 el presidente Gerardo Machado abandona Palacio Presidencial: la inestabilidad político-social conlleva a una huelga general y al consiguiente gobierno provisional pactado entre el partido político ABC, uno de los poderes fácticos en Cuba junto al Ejército, y el embajador norteamericano Benjamín Sumner Welles. Carlos Manuel de Céspedes y Quesada sería el presidente de este gobierno hasta que un mes después, un grupo de sargentos liderados por Fulgencio Batista se hizo con el control del Ejército y, en alianza con el Directorio Estudiantil Revolucionario, formaron el Gobierno de la Pentarquía, con Ramón Grau San Martín, Sergio Carbó, Guillermo Portela, José Miguel Irisarri y Porfirio Franca. Bajo la autoridad del Directorio y Batista, la Pentarquía se transformó poco después en el gobierno de los Cien Días, con Ramón Grau San Martín como nuevo presidente, Antonio Guiteras como Secretario de Gobernación y el general Batista como Jefe de las Fuerzas Armadas. Este Gobierno, a pesar del apoyo popular, fracasó en enero de 1934, sin ser reconocido por Estados Unidos. Le suceden como presidentes en la Cuba republicana Carlos Hevia y Carlos Mendieta.

En este clima llegó Cartier-Bresson a La Habana. Sin embargo, el lote que recoge esas imágenes –Cuba, 1934– evade el compromiso político directo con los momentos que atravesaba el país para sumergirse en el surrealismo de los primeros días como catalizador de sus inquietudes creativas.

Poco se sabe de esa estancia habanera de Henri Cartier-Bresson. Mucho menos lo que su cámara fotografió entonces: el artista tenía apenas 26 años y fijaba sobre papel pocas imágenes de las que tomaba, en busca de una perfección artística inclinada al surrealismo. Sin embargo, se conserva la conocida foto de un solitario tiovivo (carrusel o calesita) que sirvió de portada al catálogo de la muestra Cuba, 1934. Casi ausente de cualquier presencia humana –vemos algunos hombres a lo lejos–, el carrusel abandonado a su suerte, con enigmáticos y casi elementales caballitos de madera, junto a las paredes que se desmoronan, son signos de una personalidad consciente y una visión surrealista, entrenada en la cuna del propio movimiento artístico. Si observamos bien, notamos que uno de los caballitos tiene grabado en su grupa la estrella de David, uno de los símbolos identitarios del judaísmo. ¿Dónde fue tomada la imagen? ¿Acaso en un barrio judío habanero? ¿Qué significa esta estrella de David en un carrusel en La Habana de 1934? Eso sigue siendo parte del misterio que avivó el ojo surrealista de Cartier-Bresson: “El surrealismo ha tenido un profundo efecto en mí y toda mi vida he hecho todo lo posible para nunca traicionarlo”, dijo en algún momento Henri Cartier-Bresson, quien era un orgulloso descendiente de Carlota Corday, la famosa victimaria de Jean-Paul Marat.

El mencionado lote fue regalado por el conocido fotógrafo al crítico, historiador y escritor estadounidense Ben Maddow. Ambos se conocieron en Nueva York, en 1935, a través del grupo izquierdista de cine Nykino, dirigido por Paul Strand y nombrado así por el “Kino-Pravda” o Cine-Ojo del director soviético Dziga Vertov. Maddow revisó la exposición de Cartier-Bresson en el Museo de Arte Moderno (MoMA) para The Photo League Bulletin en 1947. Entonces escribió: “El tiempo se diseca aquí por el obturador de su Leica como por el cuchillo seccionador en un laboratorio biológico. Es la congelación, la preservación del segundo que de otra manera se descompone con tanta facilidad. Pero en este proceso, el segmento a través del tiempo se agranda, se vuelve gigantesco en sus implicaciones humanas”.

Unos sesenta años después le enviaron la foto habanera para que fuera firmada y autentificada por su propio autor. Cartier-Bresson anotó asombrado a lápiz y al dorso de la fotografía la siguiente inscripción: “Una verdadera cosecha / uno de los pocos que me imprimí en ese momento, los otros fueron entregados a Lincoln Kirstein, Julián Levy, Beaumont Newhall y pocos otros (Ben Maddow) / (Una parte del) Tengo un libro grueso de todas estas huellas ocultas en mi posesión / todos los otros llamados «vintage» son fotos de la prensa, etc… Henri Cartier-Bresson 15.11.1994”.

Su vida está llena de matices y hechos novelescos, muchos asociados a la fotografía: Cartier-Bresson fue hecho prisionero por los alemanes y pasó treinta y cinco meses en un campo de concentración nazi, hasta que, luego de varios intentos, logró escapar a París y unirse a la resistencia francesa. Posteriormente, colaboró con el Partido Comunista francés en películas de propaganda, filmando otros para los republicanos durante la guerra de España. Era la época de las grandes revistas ilustradas como Life y Paris-Match, y junto a otros genios del periodismo visual como Robert Capa, George Rodger y David Seymour, fundó la agencia Magnum Photos.

Un año antes de fallecer el 3 de agosto de 2004, la Biblioteca Nacional de Francia realizó una gigantesca retrospectiva con trescientas cincuenta de sus mejores fotos. La instantánea que él mismo eligió como símbolo y portada de esa exposición fue aquella tomada en 1934 a los simples caballitos de madera de un tiovivo en Cuba. La enorme afluencia de público forzó a los organizadores a ampliar los horarios de exhibición y los días de apertura de la muestra de Cartier-Bresson, entonces alejado de la fotografía y más concentrado en las artes plásticas que tanto lo motivaron cuando, en su juventud, observó una serie de dibujos de Georges-Pierre Seurat. Entonces Henri leía ávidamente a Rimbaud y visitaba los mismos cafés y lupanares que habían frecuentado, pocos años antes, Toulouse-Lautrec y Edgar Degas.

Cartier-Bresson volvió a La Habana en 1963, atraído por los ecos de la triunfante Revolución y el carisma internacional de sus jóvenes líderes. Para entonces, Cuba había decretado su carácter socialista y nada tenía que ver esa Habana de boinas y milicianos fusiles al hombro con la que él conoció antes, en 1934. Henri Cartier-Bresson recorrió buena parte de la Isla (incluidas las ciudades de Camagüey y Holguín) dejando –cámara en mano, cabeza, ojo y corazón– conmovedoras instantáneas del devenir nacional a solo tres años de triunfo revolucionario de 1959.