El hombre como animal doméstico

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Por: Carlos Ávila Villamar

Pondré un ejemplo hipotético. Se atrapa un pájaro en el bosque y se le suelta en una vivienda humana. ¿Cómo verá el pájaro ese mundo extraño sin tierra ni árboles? Las superficies lisas, la simétrica disposición de las lámparas, soles o lunas en miniatura que se encienden y se apagan arbitrariamente. La tecnología, digámoslo así, es una anomalía en el orden natural. No en un sentido peyorativo, claro. De igual modo podemos pensar en la naturaleza como un espacio en bruto. Quiero decir que la tecnología es acaso la huella más visible de una especie que ya es anómala de por sí. Una navaja suiza no encuentra lugar en el ciclo del bosque. El hombre, el único de los animales que tiene conciencia de sí mismo, es un accidente evolutivo, y la tecnología es la huella que deja sobre un mundo que antes marchaba por su cuenta, alejado de cualquier alteración.

Sin embargo, lo que más va a extrañar al pájaro de la vivienda humana no será la tecnología en sí, que no podrá comprender (el milagro de la luz eléctrica o del hormigón armado). El pájaro se extrañará por las líneas rectas, por los círculos perfectos que escasean en el medio salvaje, por los almohadones sellados cuyo material interior es un misterio. En la era moderna, la tecnología no solo se caracteriza por su condición de tecnología, sino por su inescrutable apariencia de producto terminado. Me explico: los teléfonos móviles y computadoras son artefactos cuyo funcionamiento se nos oculta. La piel de un almohadón no solo es la protección de su relleno, es también aquello que oculta el relleno al cansado hombre que se sienta.

En los siglos XVII y XVIII los inventos carecían de ese caparazón. Los engranajes se exponían sin ningún pudor a los ojos humanos. Incluso son visibles los cambios que se hicieron en los diseños de automóviles en pleno siglo XX. Cada vez más cerrados y más amenos a la vista. El diseño convirtió a los constantes adelantos tecnológicos en objetos simples y manejables. Pese a su complejidad, un televisor de los cincuenta apenas tenía unos pocos botones. El objetivo era quitar el miedo al hombre por lo que aún le era extraño. Con la carrocería, el automóvil pasó a ser de invento a producto.

En nuestros tiempos todo lo que consumimos ha sido simplificado por su diseño. Una casa consume agua, gas y electricidad, pero convenientemente las tuberías y cables son invisibles ante nuestros ojos. Cuanto menos pensemos en ellos, mejor. Las fábricas están cada vez más lejos de las ciudades. Los productos se hacen más independientes de su elaboración, porque ya no podemos seguirles la corriente. Es fácil aprender que el ron se hace del azúcar y el vino de la uva, pero ¿hay manera de que el hombre común pueda imaginarse la complejidad de la fabricación de una computadora? ¿Puede imaginar siquiera los complejos aparatos informáticos que soportan la interfaz agradable de su sistema operativo? Necesaria e inevitablemente, el hombre es cada vez más ajeno al medio que él mismo ha decidido crear.

El personaje de Robinson Crusoe intenta probar que un ser humano en una isla es capaz de rearmar por sí mismo la civilización. Obviamente, fue ideado antes del internet satelital. Vivimos en edificios y ciudades hechas a medida y cada minuto usamos adelantos técnicos que somos incapaces de entender. Nuestra vida rápida hace imposible el conocimiento de nuestro entorno. La tendencia de la modernidad es a especializar el trabajo, a que cada persona haga sólo una cosa y sepa sólo de ella, y que por un sistema milimétricamente calculado la sociedad avance, como un ejército con los ojos vendados.

Volvamos al ejemplo del pájaro y cambiémoslo un poco. Nuestro pájaro había sido capturado en el bosque y de repente introducido en una casa. Pensémoslo a la inversa. Pensemos en esos pájaros nacidos en cautiverio. Jamás han volado una distancia mayor que la que hay en entre las paredes de sus jaulas. Saben que todos los días una mano misteriosa les pone el alimento. Unas semillas cuyo origen probablemente sea la mano misma. Si entraran en un bosque se sentirían confundidos por los árboles, columnas rugosas cubiertas de terciopelo verde. El hombre primitivo tomaba los frutos de los árboles y el buscar y entender las semillas le era útil para sobrevivir. El hombre contemporáneo consume el fruto y el buscar y entender las semillas solo le hace perder tiempo.

El fruto perfecto carece de semillas. El diseño intenta esconder todo lo que no tenga una utilidad inmediata. El producto tecnológico de nuestro tiempo no constituye un monumento a la razón, todo lo contrario. Intenta parecer inexplicable. El diseño intenta disfrazar la tecnología de magia. Al hombre común se le hace olvidar al hombre como creador de las cosas. Olvidar que un mueble es una madera procesada, tal vez distintas maderas procesadas, de distintos árboles, de especies distantes o enemigas, obligadas a convivir eternamente, como escribió Bruno Schulz. Para un hombre común un mueble es un objeto terminado cuyo origen es invisible. El origen de la comida es invisible. Los mataderos y los laboratorios químicos son invisibles. El hombre no ve nada. Habitante exclusivo de los espacios que alguna vez inventó para su comodidad, experto únicamente en colores y superficies, solo llegará a conocer aquello que le sea indispensable para vivir dentro de su cuarto.

Ortega y Gasset imaginó a principios del siglo XX al hombre del futuro como un niño gigantesco, al que se le ha dejado la casa. Yo también creo que los seres humanos suelen hacerse cada vez más infantiles. Nuestro retorno a los juegos es solo su síntoma más evidente. Somos más llorones e inestables que nuestros abuelos, más inútiles, más básicos. Se ha visto en la infancia, emblema de la juventud, la aspiración del hombre para sí mismo. Yo voy más lejos que Ortega y Gasset en mi sentencia. Creo que nuestra aspiración secreta es la vida feliz de los animales en sus jaulas y acuarios. Aspiramos a ser despreocupados animales domésticos.