El dulce placer de la sangre

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Por: Carlos Ávila Villamar

Los almendrones son la nueva parte sorpresa de mi día. Las guaguas dejaron de serlo, no porque ya no las monte, sino porque al parecer ya nada en ellas puede sorprenderme. Con suerte, el compañero de almendrón resulta callado y pragmático, comprende la situación, se baja y me deja pasar si me quedo antes, no me pasa por encima si se queda él. Con mala suerte, se pone a hablar de su vida sin razón alguna, lo cual para mí es peor que un conductor borracho.

El otro día me tocó un compañero de almendrón de lo más peculiar. De baja estatura, rondaría los treinta años pero ya parecía un anciano. Hablaba con el conductor (todo un alivio para mí) sobre los peatones distraídos. Imagino que son las cosas que se hablan con los conductores. Con los panaderos se hablará de la harina y con los conserjes, bueno, con los conserjes se hablará de política internacional.

Tocaron el tema de los accidentes, la cereza en el postre, la cúspide de una conversación entre dos personas que no volverán a verse. Desde cierto punto de vista, hablar con un extraño al que no se volverá a ver es como pensar en voz alta. Y mi compañero de asiento sacó su teléfono móvil y reprodujo un video que desvió la atención del conductor, más que si hubiera sido un porno o un partido de fútbol. Ya, quítalo, dijo, no puedo seguir viendo.

Mi entusiasmado compañero de almendrón no se dejó desalentar y siguió mostrando el video, del que yo solo podía escuchar el sonido, que no decía gran cosa. Luego, como era de esperarse, me mostró el video a mí. Un accidente en Playa, me dijo, lo filmó un vecino de la hermana de un amigo… para entonces ya no lo escuchaba. La cámara temblorosa seguía el rastro de sangre hasta enfocar el cuerpo de una mujer partida a la mitad. La sangre violácea brillando al mediodía. El estómago y los intestinos destrozados sobre el pavimento. De haberse acercado un poco más, la cámara hubiera captado los restos de comida a medio digerir.

Es difícil explicar la sensación de realidad y a la vez de irrealidad que producen este tipo de imágenes. Las he visto mucho peores. La del hombre acuchillado por los abacuás, con la cabeza aplastada por un automóvil. La del muchacho que se abrió la cara contra unos arrecifes.

El punto es que todos estos videos se consumen con un fervor casi inigualable. No se encuentran todos los días, y su posesión es valiosa. En los Estados Unidos, de hecho, existe un mercado negro para los videos demasiado violentos o morbosos, que no tienen cabida en Youtube u otras plataformas. Es más fácil descargar pornografía en internet que el video de un fuego fatuo, a pesar de que los fuegos fatuos sean un fenómeno perfectamente natural. Como el sexo, supongo.

Algo en la sangre nos busca. El acto involuntario de apartar la vista solo es una muestra del poder de la sangre sobre nosotros. Pocas imágenes ejercen el poder de la violencia o el sexo. Quizás nos asombre su capacidad de transformar al cuerpo humano en objeto. Cosa que es, a fin de cuentas, pero preferimos olvidar. Nadie ahora mismo piensa en la vena de su cuello que adelgaza y se ensancha al ritmo del pulso, en el músculo dentro del tórax, llamado corazón, que impulsa toda la sangre del cuerpo, y a cuya frágil laboriosidad debemos confiar nuestras vidas.

Los videos médicos carecen de credibilidad. Las sábanas azules, los utensilios niquelados, la luz intensa, nos alejan demasiado de la sangre. Los videos de teléfonos móviles, en cambio, defectuosos y obscenos, causan más impacto. Pudimos grabarlos nosotros. O pudimos ser los del accidente y alguien (un vecino, un transeúnte cualquiera) pudiera estar grabándonos a nosotros. La súbita certeza de que es un hecho posible nos sorprende de vez en cuando, y por lo general necesitamos unos minutos para superarla por completo.