De la muerte de Juanga al desastre de SpaceX

Y ya. Se acabó el verano. Realmente el que se acabó fue agosto pero quién de este lado del hemisferio piensa en el uno sin el otro. Entramos en esta fecha del año en que, por mucho tiempo que haya transcurrido desde nuestra etapa escolar, sentimos la necesidad de hacer un pequeño reset y empezar de nuevo.

Unos que saben perfectamente aprovechar los reinicios son los de The New York Times que, con los Emmys a la vuelta de la esquina, han sacado un nuevo sitio llamado Watching. El sitio se ha lanzado con la intención de recomendar series y películas, idea magnífica en este momento en que vivimos ahogados por la avalancha de audiovisuales. Por ahora está en fase beta y nada más accesible para los usuarios de pago del NYT. Pero no desesperen, hay una lista de espera, en la que, por supuesto, ya me he apuntado.

Hablando de audiovisuales, Gene Wilder, uno de los más carismáticos rostros del cine, falleció esta semana, al final de una larga batalla con el Alzheimer. Wilder, que interpretara icónicos personajes en Charlie y la fábrica de chocolate y Young Frankestein, seguramente será familiar a nuestra generación por ser el protagonista de uno de los más populares memes de la era de internet, el “Willy Wonka condescendiente”.

Otro muerto, pero (con el perdón de Wilder) de una estatura artística muy superior, sacudió este domingo el planeta: Alberto Aguilera Valadez, aka El Divo de Juarez, aka Juan Gabriel, falleció en su casa de Los Ángeles. El legado del popular cantante, forma parte de la estela de músicos que supieron desentrañar como pocos el corazón de los latinoamericanos. Su ausencia, como la letra de sus canciones tristes, nos duele dentro.

Y para subirnos los ánimos traigo música nueva, de esas que llegan y te hacen el día. El esperadísimo Blonde de Frank Ocean ha hecho valer la demora; un tremendo e íntimo, y angustiado y delicado y actual grito en clave menor de uno de los más talentosos y elusivos raperos contemporáneos.

Otra señal de buena esperanza (descuiden no tiene nada que ver con música, a veces me emociono y se me olvida de qué va esta revista) la encontramos en la (para nosotros) lejana Australia, donde un equipo de investigadores ha encontrado que existe una parte de la disminuida población de demonios de Tasmania (no, no es un personaje de Warner, son animales de carne y hueso) que es capaz de resistir a la propagación de un cáncer que afecta a la especie. Crucemos los dedos y sea esta una muestra de cómo los organismos podrían enfrentar por sí mismos enfermedades agresivas.

Cambiando de rumbo, The Wall Street Journal reporta que Google, o mejor dicho Alphabet, está trabajando a marcha forzada para competir con Uber en el mercado de transporte privado. Aunque la compañía del buscador no ha querido hacer comentarios al respecto, las señales -la más clara, su desarrollo de autos sin conductor- hacen pensar que la idea es algo más que una vaga sospecha.

En lo que esos dos gigantes se pelean, Michael Harris se ha embarcado en la publicación de lo que parece ser un muy interesante ensayo sobre cómo afecta la tecnología de la sociedad, a partir de un segmento generacional particular: nosotros, los últimos habitantes de la tierra que hablan el idioma del antes y el después de internet. El autor, anglosajón, probablemente pase por alto los miles de millones desconectados, pero bueno, podemos asumir que internet será el canon de las mayorías más temprano que tarde. En cualquier caso, la discusión al respecto me parece fascinante.

No quiero irme sin dejarles esta colección de 25 memes que The Washington Post ha recopilado con motivo del primer cuarto de siglo de lo que llamamos internet, un recorrido por algunas de las más icónicas piezas que han convertido esta jungla en una máquina de repetir.

Posdata

Se me quedaron varias recomendaciones en el borrador; eran demasiadas. Pero tuve que añadir, ante la insistencia de David, esta noticia sobre el descalabro de un cohete espacial de SpaceX, la compañía de Elon “Tony Stark” Musk. Si la destrucción del cohete no fuera bastante penosa, con su incendio también desapareció un satélite que pretendía lanzar Facebook con el objetivo de extender su conexión a África. Un satélite que costaba la friolera de 200 millones de dólares. Ups.